A muchos hombres les enseñaron a sostener a los demás, pero no a decir: "No puedo más".
Les enseñaron a proteger, resolver y resistir; a esconder el dolor para no preocupar a nadie.
Y, sin embargo, también hay padres que lloran en silencio. Padres agotados, intentando no romperse mientras siguen cuidando de todos.
La salud emocional de una familia no depende de que alguien sea invulnerable, sino de que exista un lugar donde uno pueda caer sin dejar de sentirse amado.
El trauma muchas veces no es solo lo que nos ocurrió, sino lo que tuvimos que hacer emocionalmente para sobrevivir a ello. Y hay adultos que aprendieron a sobrevivir siendo fuertes para todos... menos para sí mismos.
Pero sanar también empieza cuando uno deja de esconder el dolor; cuando permite que lo abracen y cuando entiende que pedir apoyo no lo hace menos padre, menos hombre ni menos fuerte.
Porque una familia sana no es aquella donde nadie se derrumba; es aquella donde nadie tiene que derrumbarse solo.

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